El presidente del Gobierno español cerró dos jornadas de intensa agenda diplomática con la firma de un mecanismo de diálogo estratégico, en una visita que revela la apuesta de Madrid por mantener canales propios con China en un contexto internacional cada vez más fragmentado.
El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, completó los días 14 y 15 de abril su cuarta visita oficial a China en cuatro años, una frecuencia que en sí misma constituye un mensaje político: Madrid no renuncia a gestionar de forma autónoma su relación con Pekín, aun cuando las presiones del contexto transatlántico empujan hacia una mayor alineación occidental.
La elección de la Universidad de Tsinghua como primera parada no fue casual. Ante uno de los centros académicos más emblemáticos del poder tecnológico chino, Sánchez planteó un discurso de doble filo: reivindicó la cooperación y el respeto mutuo, pero también exigió apertura comercial y corrección del desequilibrio en la balanza bilateral. «Necesitamos que China haga lo mismo. Que se abra, para que Europa no tenga que cerrarse», señaló, en una formulación que refleja la creciente tensión entre el interés español por profundizar vínculos y la presión comunitaria por reducir dependencias estratégicas con Pekín.
La distinción honoraria otorgada por la Academia China de Ciencias, y el posterior encuentro con el CEO de Xiaomi, Lei Jun, completaron una primera jornada en la que Sánchez proyectó a España como socio tecnológico y destino de inversión de calidad —infraestructuras digitales, centros de datos, inteligencia artificial—, intentando captar capital chino sin resignar condiciones: el gobierno dejó claro que priorizará inversiones que generen empleo local y se integren en las cadenas de valor europeas.
El encuentro con Xi Jinping en el Gran Palacio del Pueblo constituyó el momento de mayor densidad política de la agenda. La creación de un Diálogo Estratégico permanente entre ambos países no es un resultado menor: institucionaliza un canal de comunicación de alto nivel que otorga a la relación España-China una arquitectura diplomática más sólida, independientemente de los vaivenes en las relaciones Bruselas-Pekín. En ese sentido, la visita puede leerse también como un intento español de preservar márgenes de maniobra propios dentro de la política exterior europea hacia China.
Los acuerdos firmados por los cancilleres Albares y Wang Yi —entre ellos el Mecanismo de Diálogo Estratégico Diplomático y protocolos agroalimentarios que abren el mercado chino a pistachos, higos secos y proteínas de porcino— traducen en compromisos concretos esa voluntad de sostener una relación funcional y mutuamente beneficiosa. España exporta materias primas e imagen de hub europeo; China gana un interlocutor en el seno de la UE dispuesto al diálogo en un momento en que las voces más escépticas ganan terreno en el bloque.
La cuarta visita en cuatro años no es rutina diplomática. Es una señal de que Madrid apuesta por la continuidad del vínculo con Pekín como activo estratégico propio, con todas las tensiones que esa postura implica en el actual escenario de reconfiguración global.

