Cuando China se protegía con muros: la historia olvidada de sus ciudades amuralladas

China atesora una historia profunda y prolongada con las fortificaciones. Quien visite hoy las ciudades chinas difícilmente encuentre grandes muros, salvo que recorra la Gran Muralla. Pero entre los rascacielos, los edificios anodinos y el tránsito caótico que define a las metrópolis actuales sobreviven huellas de un sistema que convirtió a las ciudades en auténticas fortalezas.

Un imperio de cuatro mil ciudades amuralladas

Hace quinientos años, al comienzo de la dinastía Ming (1368-1644), China contaba con más de 4.000 ciudades rodeadas de murallas, una práctica que también se extendió a otras naciones dentro de la órbita cultural china. Estas estructuras no respondían a una lógica comercial sino administrativa: las ciudades eran fundadas por orden del gobierno central como centros de control político, militar y fiscal. Albergaban funcionarios y tropas encargadas de contener rebeliones, invasiones, desastres naturales y hambrunas.

La altura, el perímetro y la complejidad defensiva de cada muralla reflejaban la jerarquía de la ciudad dentro del aparato estatal: las capitales provinciales tenían murallas más imponentes que las construcciones más simples y rústicas de las ciudades locales. Las regiones del norte y noroeste, fronteras históricas con los pueblos nómades, concentraban la mayor densidad de ciudades fortificadas.

La intensidad de esta práctica varió según la fortaleza de cada dinastía. Hacia el final de la era Ming —que también construyó la Gran Muralla para frenar a los invasores del norte— ya solo quedaban en pie unas 1.400 ciudades amuralladas; el resto había sido desmantelado en épocas de paz para reutilizar sus materiales. Durante la dinastía Qing (1644-1912), un período de relativa estabilidad y expansión territorial hacia el norte, la construcción de murallas perdió relevancia y muchas cayeron en desuso hacia el siglo XVII.

Una fotografía antigua de la muralla de la ciudad de Pekín y una de sus puertas.

La misma palabra para «ciudad» y para «muro»

La asociación entre urbanismo y fortificación está tan arraigada en la cultura china que el término cheng significa simultáneamente «ciudad» y «muro». Estas estructuras, hechas de tierra apisonada y revestidas de ladrillo y piedra, custodiaban rutas comerciales y recursos estratégicos, y eran un símbolo directo de la autoridad imperial. Sus puertas se abrían durante el día para permitir el comercio y se cerraban al anochecer; las torres de vigilancia, pintadas y talladas con elaborado detalle, coronaban los muros y las esquinas, proyectando una magnificencia que impresionaba a los viajeros de la época.

Hasta bien entrado el siglo XX, muchas de estas murallas seguían en pie, reforzadas durante los conflictos civiles del XIX y comienzos del XX. La historia registra sitios célebres marcados por el hambre, el canibalismo y las masacres una vez derribadas las defensas, aunque era más habitual que los ejércitos sitiadores negociaran la apertura de las puertas a cambio de respetar a la población civil, un pacto que no siempre se cumplía. En algunos casos, el perímetro amurallado era tan extenso que los habitantes podían cultivar alimento dentro de la ciudad, lo que les permitía resistir sitios prolongados mientras los atacantes se quedaban sin provisiones.

Fotografía histórica del barbacana de la Puerta de Anding, Pekín.

Control social, no solo defensa militar

Más allá de su función bélica, las murallas operaban como mecanismo de control poblacional: las grandes ciudades imponían toques de queda nocturnos vigilados por guardias, y solo quienes portaban un permiso especial o atendían emergencias médicas podían circular sin sanción.

A diferencia de la tradición europea de construir castillos en altura, las ciudades amuralladas chinas se asentaban en terrenos bajos, junto a ríos que garantizaban el suministro de agua y facilitaban el transporte fluvial. En ciertos casos, los muros funcionaban también como diques de contención de inundaciones, siguiendo el curso de los ríos en lugar de trazar formas regulares. En las regiones del norte, las murallas además servían como barrera contra el viento helado y las tormentas de arena, que se acumulaban contra ellas hasta el punto de que la gente podía treparlas caminando sobre las dunas formadas en su base.

Aunque primariamente lo que las ciudades fortificadas le garantizaban al imperio era un flujo constante de impuestos, servicios estatales y, a través de sus salas de examen para la función pública, nuevos funcionarios. Su diseño era relativamente uniforme porque formaban parte de un sistema centralizado, no de entidades autónomas: administraban tanto el espacio intramuros como las áreas rurales y los pasos de montaña circundantes, a cambio de protección.

Geometría imperial: por qué algunas murallas eran cuadradas y otras no

Existe escasa documentación histórica sobre las miles de murallas que rodeaban ciudades, pueblos y aldeas, probablemente porque fueron construidas por artesanos y obreros analfabetos que no dejaron registros escritos. Un texto clásico de la dinastía Zhou (509-221 a.C.) describía la ciudad amurallada ideal como un cuadrado perfecto con tres puertas por lado, aunque pocas ciudades reales se ajustaron a ese modelo, lo que sugiere que se trataba de un ejemplo simplificado y no de una norma constructiva estricta. Las murallas cuadradas o rectangulares fueron más comunes en el norte, donde la llanura facilitaba trazar formas regulares, mientras que en el centro y el sur las murallas seguían crestas montañosas o cursos de agua de manera irregular.

Muros de tierra apisonada en el templo Horyuji de Nara, Japón. La temprana adopción japonesa de la técnica china de muros de tierra apisonada convirtió a estos muros en un elemento icónico de la arquitectura japonesa, junto con la tradición de fortalezas amuralladas como el Castillo de Osaka, construido mucho más tarde.  

La técnica de la tierra apisonada —capas de tierra húmeda compactadas con pisones de piedra o madera, reforzadas con bambú o piedra triturada y, en las construcciones imperiales, revestidas con ladrillo— es anterior a la unificación del imperio en el siglo III a.C. y se exportó incluso a Japón, donde puede observarse en sitios como el antiguo recinto de Heijo, en Nara, modelado sobre la ciudad amurallada china de Chang’an.

El mejor ejemplo que sobrevive: Pingyao

Las murallas se degradaban con lentitud a medida que la vegetación se filtraba en sus grietas, adquiriendo un aspecto de antigüedad que con frecuencia se reparaba de forma parcial —en algunos casos, como castigo comunitario impuesto a funcionarios corruptos—. Los agricultores locales también solían tomar tierra de muros en desuso para nivelar sus campos, dado que la mezcla de tierra y raíces resultaba un fertilizante eficaz.

ciudades
Las antiguas murallas de Pingyao en la provincia de Shanxi, China, sonUn sitio declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, construido originalmente en el año 1370 d. C.Con una extensión de más de 6 kilómetros y una altura media de entre 10 y 12 metros, estas murallas fuertemente fortificadas conforman uno de los sistemas de defensa de ciudades antiguas mejor conservados del país.

Hoy, el mejor ejemplo de una ciudad amurallada intacta es Pingyao, en el norte de China, antiguo centro financiero que conserva su perímetro casi completo gracias a esfuerzos locales de preservación que lograron frenar un plan de demolición.

Puertas con simbolismo cósmico

La mayoría de las ciudades tenía al menos cuatro puertas orientadas hacia los puntos cardinales, aunque las más grandes contaban con muchas más: Kaifeng, capital imperial de la dinastía Song del Norte (960-1127), llegó a tener trece. Cada puerta tenía una carga simbólica: el este representaba la primavera y el amanecer; el sur, el verano; el oeste, el otoño y la muerte, ya que por allí los ancestros viajaban hacia el Paraíso Occidental; y el norte, el invierno y la desgracia, dirección desde la cual llegaban tanto el frío como los invasores. Por esa razón, en el norte de China la puerta septentrional permanecía habitualmente cerrada.

Los sistemas de puertas más elaborados, llamados wengcheng («muro en forma de urna»), incluían dos o más accesos alineados con un patio defensivo entre ellos y barbacanas semicirculares o rectangulares que sobresalían del muro principal. Las áreas alrededor de las puertas se convertían naturalmente en distritos comerciales, una dinámica que persiste hoy en día en estaciones de subte chinas y japonesas construidas sobre antiguos accesos urbanos.

De símbolo imperial a obstáculo para la modernidad

La desintegración del sistema imperial chino entre 1912 y 1949 trajo consigo la decadencia y demolición progresiva de las murallas urbanas. Los avances en armamento las volvieron obsoletas como defensa, y los reformistas chinos comenzaron a verlas como un obstáculo para el comercio abierto y el transporte moderno: primero se abrieron brechas para tender vías de ferrocarril, luego para construir rutas, y finalmente fueron derribadas por completo para dar paso a los anillos viales de las ciudades actuales. Mao Zedong, como otros líderes posimperiales, las consideraba símbolos de un pasado feudal que debía erradicarse, y bajo el gobierno comunista que asumió el poder en 1949 la demolición se sistematizó.

Las fortificaciones de Xi’an en Shaanxi , también conocidas como la Muralla de la Ciudad de Xi’an ( chino :西安城牆, Xī’ān Chéngqiáng ), representan una de las murallas urbanas chinas más antiguas, grandes y mejor conservadas . Fue construida bajo el gobierno del emperador Hongwu de la dinastía Ming para proteger la ciudad de la dinastía Yuan del Norte y posibles disturbios

La nostalgia por un mundo desaparecido

Hoy, salvo en Pingyao, quedan apenas vestigios dispersos de aquel sistema. Sin embargo, existe una fuerte corriente de nostalgia nacional por las murallas perdidas, en particular las de Beijing: un tramo de cien metros fue redescubierto y reconstruido en parte gracias a la donación de 60.000 ladrillos por parte de ciudadanos que los habían conservado tras la demolición de los años 60. Nankín conserva parte de su muralla, que se salvó porque protegió a la ciudad de una inundación.

Para la cosmovisión imperial china, el emperador era el Hijo del Cielo y habitaba una réplica terrenal de una ciudad celestial gobernada por funcionarios y ejércitos divinos. La red de ciudades amuralladas que se extendía desde la capital imperial a través de caminos reales representaba algo más que un sistema defensivo y administrativo: era la forma en que China entendía su lugar en el cosmos y se distinguía de los pueblos «bárbaros» que, según creían, habitaban fuera de sus fronteras.

Aunque las murallas físicas desaparecieron, la lógica que las sostenía no se desvaneció del todo. Hoy, la población china se mueve con una libertad física inédita en su historia, pero permanece sujeta a muros invisibles de ciberseguridad, censura y control estatal que reproducen, en otra escala, la misma estructura jerárquica nacional, provincial y local que antes determinaba el tamaño y el esplendor de sus ciudades fortificadas.

Mientras tanto, la tecnología satelital permite a los arqueólogos detectar trazas de murallas perdidas hace siglos, extendiendo la historia de esta práctica constructiva china a más de 6.000 años de antigüedad.

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