Japón en modo espera: Takaichi y Xi, una cumbre difícil de construir

La diplomacia bilateral entre Japón y China atraviesa uno de sus momentos más bajos en años, y el embajador japonés en Beijing, Kenji Kanasugi, lo reconoció sin rodeos en una entrevista concedida esta semana a la agencia Kyodo News. En medio de canales de diálogo cerrados, presiones económicas crecientes y una retórica cada vez más áspera desde Beijing, Tokio apuesta por un encuentro entre la primera ministra Sanae Takaichi y el presidente Xi Jinping en el margen de la cumbre de APEC en Shenzhen, en noviembre. Pero el propio Kanasugi admite que no puede «ser tan optimista» al respecto.

El detonante: Taiwan y la palabra que lo cambió todo

El deterioro actual de las relaciones sino-japonesas tiene un origen preciso. En noviembre de 2025, durante declaraciones parlamentarias, Takaichi insinuó que Japón podría desplegar sus fuerzas de defensa en caso de un conflicto en torno a Taiwán. La reacción de Beijing fue inmediata y multifacética: controles de exportación más estrictos sobre productos de doble uso —posiblemente incluyendo tierras raras—, alertas de viaje para ciudadanos chinos con destino a Japón, y cancelaciones de eventos culturales japoneses en el país.

La escalada no es menor. China ha comenzado a emplear el término «neo-militarismo» para caracterizar las políticas de Takaichi, a quien describe como una halcón de la seguridad. Kanasugi rechazó categóricamente esa lectura, argumentando que el fortalecimiento de las capacidades defensivas japonesas es una continuidad de políticas adoptadas por gabinetes anteriores durante la última década, y no una novedad de la actual administración.

La ecuación diplomática: se necesitan dos para bailar

El embajador utilizó una expresión reveladora al describir el estado actual de la relación: «se necesitan dos para bailar el tango». La metáfora apunta directamente a Beijing, que hasta ahora no ha respondido a los gestos de apertura de Tokio. Takaichi ha declarado públicamente que Japón sigue abierto al diálogo, pero ese mensaje no ha encontrado eco en el otro lado del Mar del Este de China.

Para desbloquear la situación antes de APEC, Japón apuesta por una estrategia de ventanas: aprovechar reuniones ministeriales de la ASEAN, el foro del APEC y la Asamblea General de la ONU para ir abriendo espacios de contacto. Un primer indicio de deshielo simbólico fue la visita a Shanghai del ministro de Igualdad de Género, Hitoshi Kikawada, la semana pasada —el primer miembro del gabinete Takaichi en pisar suelo chino desde el estallido de la crisis diplomática—. Esta semana, el ministro de Comercio Ryosei Akazawa asistirá a una reunión comercial del APEC en Suzhou.

Son gestos menores, pero en la diplomacia de precisión entre grandes potencias, los gestos menores son a veces los únicos movimientos posibles.

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El «Japan passing» y la triangulación con Washington

Un elemento que Kanasugi abordó con cuidado es el riesgo de que Japón quede marginado («Japan passing») ante una mejora de las relaciones entre Washington y Beijing. La reciente cumbre Trump-Xi en Beijing, que produjo un acuerdo para establecer una «relación constructiva de estabilidad estratégica», fue saludada por el embajador como un factor positivo para la estabilidad regional. Pero la pregunta implícita es si Tokio podría quedar fuera de esa ecuación.

El envío diplomatico minimizó esa preocupación: Trump llamó a Takaichi por teléfono desde el Air Force One poco después de despegar de Beijing, sin haber visitado Japón en ese viaje. Kanasugi señaló que los posibles tres encuentros adicionales entre Trump y Xi a lo largo del año podrían operar como «ventanas de oportunidad» para que los asuntos japoneses figuren en esa agenda bilateral.

Una relación con consecuencias regionales

Más allá del eje bilateral, el embajador ofreció una lectura de alcance regional. Corea del Sur y los países del Sudeste Asiático, señaló, buscan mantener relaciones funcionales tanto con China como con Japón. Un enfrentamiento prolongado entre Tokio y Beijing no es un asunto de dos: se convierte en un factor desestabilizador para toda la región, que quedaría «atrapada en el medio».

Kanasugi insistió además en una distinción semántica que Tokio cuida con esmero: Japón nunca ha calificado a China de «amenaza». El término oficial en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2022 es el de «mayor desafío estratégico». En el juego de señales diplomáticas, esa diferencia de vocabulario importa.

Contexto y perspectiva

La situación actual pone de relieve las tensiones estructurales de una relación definida por la interdependencia económica y la rivalidad estratégica. Japón es el tercer socio comercial de China y el país que preside Xi es el primer socio comercial de Japón. Esa asimetría de dependencia relativa complica cualquier escalada sostenida, pero también hace más costosa cualquier concesión visible.

La apuesta de Tokio por APEC Shenzhen como escenario para un primer encuentro entre Takaichi y Xi tiene lógica: es territorio chino, lo que reduce el costo simbólico para Beijing, y es un marco multilateral que ofrece cobertura a ambas partes. Pero, como reconoce el propio Kanasugi, aún falta que el otro se acerque a la pista de baile.

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