Hay tecnologías que mejoran lo que ya existe. Y hay tecnologías que cambian las reglas del juego por completo. La computación cuántica pertenece a la segunda categoría, y en 2025 dejó de ser una promesa de laboratorio para convertirse en uno de los ejes centrales de la competencia entre potencias.
La diferencia que lo cambia todo
Para entender por qué importa, primero hay que entender en qué se diferencia de lo que conocemos. Una computadora convencional opera con bits: la unidad mínima de información, que solo puede asumir dos valores, 0 o 1. Un qubit —su equivalente cuántico— puede ser 0, 1 o ambos simultáneamente, gracias a un fenómeno llamado superposición. No significa que almacene el doble de información: significa que durante el cálculo puede explorar múltiples estados en paralelo. La diferencia escala exponencialmente.
A esto se suma el entrelazamiento cuántico: dos qubits pueden quedar correlacionados de tal forma que el estado de uno determina instantáneamente el del otro, sin importar la distancia física que los separe. Einstein lo llamó «acción fantasmal a distancia» y le generaba profundo malestar. Sin embargo, está experimentalmente confirmado y es una de las bases del poder computacional cuántico.
Por qué todavía no llegó a tu escritorio
El problema central es la fragilidad inherente de los qubits, que existen en estados cuánticos extremadamente delicados y son susceptibles a cualquier perturbación externa: desde vibraciones mecánicas hasta cambios mínimos en temperatura o interferencias electromagnéticas. Ese fenómeno se llama decoherencia, y es el principal cuello de botella del campo.
Los sistemas actuales se encuentran en la era de la «Cuántica Intermedia Ruidosa» (NISQ), en la que los errores limitan la profundidad computacional. La corrección de errores solo funciona si la tasa de error de los qubits físicos está por debajo de un cierto umbral crítico.
Si es demasiado alta, introduce más errores de los que corrige. La proporción puede ser astronómica: potencialmente 1.000 o más qubits físicos para crear un solo qubit lógico confiable.
Sin embargo, el campo avanza a un ritmo que pocos anticipaban. El chip Willow de Google, presentado a fines de 2024, logró una reducción exponencial de errores a medida que aumenta el número de qubits, un hito histórico que cambió radicalmente las expectativas del sector. Microsoft, por su parte, presentó en 2025 su chip Majorana 1, basado en qubits topológicos, una arquitectura teóricamente más estable y menos sensible al ruido.
Para qué sirve: especialización, no reemplazo
Una computadora cuántica no es una versión más rápida de una laptop convencional. Es una herramienta especializada, con ventajas decisivas en categorías muy específicas de problemas. La simulación molecular es una de las más prometedoras: modelar con precisión cómo interactúan átomos y moléculas complejas está más allá de la capacidad de cualquier supercomputadora clásica.
McKinsey estima que las industrias automotriz, química, de servicios financieros y de ciencias de la vida podrían beneficiarse de un aumento de hasta 1,3 billones de dólares en valor para 2035.
La amenaza que no espera al futuro
La razón por la que la computación cuántica debería preocupar hoy —no en veinte años— tiene que ver con la criptografía. Los sistemas de encriptación que protegen internet, las comunicaciones gubernamentales y las transacciones financieras se basan en la dificultad computacional de factorizar números muy grandes. Para una computadora clásica, ese problema es prácticamente irresoluble. Para una cuántica suficientemente potente, el algoritmo de Shor lo resuelve en tiempo exponencialmente menor.
El riesgo activo ya existe: la estrategia «harvest now, decrypt later». Actores estatales o bien financiados pueden capturar tráfico cifrado hoy y almacenarlo para descifrarlo cuando tengan el hardware cuántico. No es hipotético: la Agencia de Seguridad de Infraestructura y Ciberseguridad de Estados Unidos (CISA) lanzó en 2022 una alarma pidiendo a organizaciones que empezaran cuanto antes a migrar hacia estándares criptográficos resistentes a la computación cuántica.
La respuesta institucional llegó en agosto de 2024: el NIST publicó los primeros estándares definitivos de criptografía post-cuántica —FIPS 203, FIPS 204 y FIPS 205— diseñados para sustituir a RSA y los esquemas basados en curvas elípticas cuando aparezca un ordenador cuántico suficientemente potente para ejecutar el algoritmo de Shor a escala.
China: la apuesta de Estado
La carrera cuántica tiene un protagonista que merece análisis propio. China ha adoptado un enfoque altamente centralizado y liderado por el Estado, incorporando la computación cuántica en su último Plan Quinquenal como una de las siete tecnologías de vanguardia, y desplegando una inversión pública estimada de 16.000 millones de dólares, aproximadamente cuatro veces la inversión del gobierno estadounidense hasta la fecha.
Los resultados son concretos. En mayo de 2025, China presentó Origin Tianshu 4.0, capaz de controlar más de 500 qubits, convirtiéndolo en el sistema de control cuántico más potente desarrollado por el país hasta ese momento. El sistema previo ya había ejecutado más de 380.000 tareas cuánticas y fue utilizado 26 millones de veces en 139 países, con aplicaciones en biomedicina, finanzas y dinámica de fluidos.

China también se enfoca en verticales estratégicas como la criptografía cuántica y las comunicaciones seguras a larga distancia, áreas donde ya lleva ventaja sobre Occidente. La estrategia no es solo ganar en potencia bruta: es construir infraestructura cuántica propia, soberana e integrada al aparato del Estado.
Brad Smith, presidente de Microsoft, advirtió que China ha multiplicado su gasto en investigación y desarrollo cuántico desde el año 2000, financiando proyectos de alto riesgo a largo plazo y creando entidades específicas como el Laboratorio Nacional de Ciencias de la Información Cuántica. Su advertencia fue directa: si Estados Unidos no prioriza la financiación en este campo, China podría generar una «sorpresa estratégica» comparable al impacto de DeepSeek en inteligencia artificial.
Un informe de Jefferies pronostica un punto de inflexión comercial entre 2028 y 2030, y sugiere que mientras China puede tener ventaja a corto plazo en escala y coordinación, el ecosistema de innovación descentralizado de Estados Unidos podría permitir una experimentación más rápida e innovación disruptiva.
Lo que está en juego
La computación cuántica no es solo un avance científico. Es una palanca de poder. Sus aplicaciones más transformadoras —inteligencia, defensa, ventaja industrial, seguridad de las comunicaciones— son precisamente las que los estados consideran estratégicas.
Durante mayo de 2026, gobiernos y empresas tecnológicas anunciaron nuevas inversiones y programas vinculados a computación cuántica, en un contexto de competencia entre Estados Unidos, China y la Unión Europea que ya forma parte de la disputa económica y científica internacional.
A estas alturas, lo que está en juego no es quién fabrica el procesador más veloz, sino quién controla la infraestructura cognitiva del mundo que viene. Y esa disputa ya comenzó.

