Jin Xing: la bailarina, la coronela y el ícono trans que China no sabe cómo clasificar

Hay personas cuya sola existencia es una contradicción con el sistema que las rodea. Jin Xing es una de ellas, y durante décadas China no supo exactamente qué hacer con ella —salvo admirarla.

De la PLA al escenario

Jin Xing nació en 1967 en el seno de una familia militar. Su padre era oficial del Ejército Popular de Liberación; su madre, intérprete de japonés. Cuando sus padres descubrieron su pasión por la danza, la enviaron a una de las mejores escuelas de ballet del país: la academia de danza de la PLA. Tenía nueve años.

Lo que siguió fue una infancia y adolescencia de disciplina doble: entrenamiento riguroso de ballet por las mañanas, instrucción militar por las tardes. A los veinte años ya era una figura reconocida dentro del aparato cultural castrense, ganadora de premios nacionales de danza y considerada, según los propios medios estatales, una «propiedad nacional.»

En 1987, con una beca bajo el brazo, viajó a Nueva York a estudiar danza moderna. Tenía 20 años y una carrera que muchos en China habrían envidiado. La dejó atrás sin mirar demasiado. Pasó por Roma y Bruselas trabajando como coreógrafa y bailarina, absorbiendo influencias que la academia militar jamás le habría ofrecido.

El regreso y la decisión

Cuando volvió a China tomó la decisión que definiría el resto de su vida: someterse a una cirugía de afirmación de género. Tenía 26 años. El procedimiento, realizado en un país donde ese tipo de intervenciones eran escasas y estaban rodeadas de estigma, le paralizó la pierna izquierda durante meses. Los médicos no estaban seguros si volvería a bailar. Pero finalmente lo lograría.

En 1999 fundó el Jin Xing Dance Theatre en Shanghái, compañía que con el tiempo se convirtió en una de las más reconocidas de China. No solo rompió barreras como mujer trans: popularizó la danza moderna contemporánea en un país donde el ballet clásico y las formas tradicionales dominaban la escena. Sus espectáculos vendían entradas en toda China y comenzaron a girar por Europa.

La «Oprah de China»

Con el tiempo, su fama desbordó los teatros. Fue convocada para conducir programas de televisión y rápidamente se convirtió en un fenómeno de la pantalla chica. Su estilo: humor directo, opiniones sin filtro, una franqueza poco común en un medio donde la autocensura es norma. The Hollywood Reporter la bautizó «la Oprah de China.» El apodo le quedó.

Hoy tiene 13,6 millones de seguidores en Weibo. Los medios estatales la han incluido entre las «10 figuras legendarias de la danza moderna china» y le han dedicado perfiles elogiosos durante años. Más extraordinario aún: durante décadas contó con el respaldo explícito de funcionarios del Partido Comunista, algo casi sin precedentes para una persona abiertamente transgénero en China.

Para la comunidad trans del país —que enfrenta discriminación laboral, dificultades para acceder a cirugías de afirmación de género y una presión social que empuja a muchos a vivir en secreto— Jin Xing no es solo una artista. Representa la prueba viviente de que quizás, algún día, China podría ser lo suficientemente abierta como para aceptarlos como la había aceptado a ella.

El límite

A fines de 2024, esa ilusión empezó a resquebrajarse.

La Oficina Municipal de Cultura de Guangzhou canceló sin previo aviso la presentación de su compañía en la ópera de la ciudad. La obra era Amanecer, una adaptación del clásico del dramaturgo Cao Yu que el Jin Xing Dance Theatre llevaba cuatro años presentando por todo el país. Razón oficial: documentación incompleta. Sin más explicaciones, los teatros de Foshan, Suzhou y Shanghái cancelaron también sus funciones, uno tras otro, en silencio.

Jin reaccionó como pocas figuras públicas chinas se habrían atrevido: criticó abiertamente a las autoridades en un post de Weibo, exigiendo explicaciones y advirtiendo que no se abusara del poder público. El post fue eliminado poco después.

En una entrevista con France 24, dijo estar desconcertada: llevaba cuarenta años actuando en China sin problemas. «Incluso hoy sigo preguntándome por qué», admitió.

Nadie, por ahora, le ha dado una respuesta.

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