El gobierno mexicano decidió imponer una estructura arancelaria escalonada contra productos chinos que no cumplan con las reglas de origen, con tarifas adicionales que van del 10% al 35%, y que en casos de subvaluación comprobada pueden alcanzar hasta el 50%. Esta medida marca un giro significativo en la política comercial del país y revela las complejidades de navegar entre sus dos principales socios económicos.
La estructura arancelaria afecta diferenciadamente por sectores: textil y calzado enfrentan entre 15% y 35% adicional; acero y aluminio reciben un 25% extra; mientras productos electrónicos y manufacturas diversas cargan con 10% a 20% adicional. Estos porcentajes se suman a los aranceles base existentes, significando que algunos productos chinos enfrentan cargas totales superiores al 60-70%. Adicionalmente, existe un arancel compensatorio aplicable caso por caso cuando se detecta dumping o subsidios distorsionantes, agregando entre 15% y 30% más.
El objetivo es frenar el flujo de mercancías chinas que ingresan al mercado mexicano subvaluadas o que intentan reexportarse hacia Estados Unidos bajo el paraguas del T-MEC, utilizando a México como puente para eludir restricciones comerciales estadounidenses.
Esta política representa un delicado equilibrio geopolítico. México enfrenta presión creciente de Washington, que observa con recelo cómo empresas chinas establecen operaciones en territorio mexicano para sortear aranceles. La administración estadounidense ha advertido repetidamente sobre el riesgo de que México se convierta en «caballo de Troya» para productos chinos destinados al mercado estadounidense.
Sin embargo, la medida no implica ruptura con Beijing. China es el segundo socio comercial de México, con intercambios superiores a 100,000 millones de dólares anuales. Las empresas chinas han invertido significativamente en sectores automotriz, electrónica y energía renovable. México necesita tecnología, inversión y componentes chinos para sus cadenas productivas.
La complejidad radica en que México intenta proteger su industria nacional mientras mantiene atractivo para inversión extranjera legítima. Los aranceles buscan discriminar entre comercio genuino y triangulación, aunque la línea divisoria no siempre es clara.
Para Estados Unidos, esta medida mexicana llega como señal positiva ante las negociaciones de revisión del T-MEC en 2026. Washington busca garantías de que el tratado no se convierta en portal para exportaciones chinas, especialmente en semiconductores, baterías eléctricas y acero.
Por todo esto, se espera que la relación con China inevitablemente se tense. Beijing expresó preocupación por «medidas proteccionistas», aunque su respuesta ha sido moderada. China probablemente intensificará su lobby diplomático buscando excepciones para inversiones estratégicas.
El desafío mexicano es mayúsculo: mantener apertura económica sin alienar a Estados Unidos, su principal mercado que absorbe el 80% de sus exportaciones, mientras preserva relaciones funcionales con China, fuente crucial de insumos industriales. Los aranceles son apenas el capítulo inicial en esta compleja reconfiguración de flujos comerciales globales.

