El Libro Rojo de Mao, a sesenta años de la Revolución Cultural: anatomía del texto que moldeó a China

En 1966, las Citas del Presidente Mao pasaron de manual interno del Ejército Popular de Liberación a objeto de culto agitado por millones de Guardias Rojos. Seis décadas después, entender sus cinco pilares sigue siendo clave para leer cómo el Partido Comunista Chino concibe el poder, la disciplina y la relación con las masas.

Pocos libros en la historia tuvieron una tirada comparable y, al mismo tiempo, una lectura tan poco convencional. El Libro Rojo de Mao Zedong —cuyo título oficial es Citas del Presidente Mao— no es un tratado filosófico denso, sino una recopilación de frases, discursos y escritos diseñada para ser digerida fácilmente por las masas y el ejército. Compilado originalmente en 1964 para las tropas del Ejército Popular de Liberación por iniciativa de Lin Biao, su verdadera explosión llegó en 1966, cuando el estallido de la Revolución Cultural lo convirtió en el objeto omnipresente de la vida pública china: se agitaba en plazas, se citaba en juicios populares, se exhibía como credencial de lealtad política.

Este 2026 se cumplen sesenta años de aquel punto de quiebre, y el aniversario invita a volver al texto sin la parafernalia del culto: ¿qué dice, en concreto, el manual que unificó el pensamiento de un país de cientos de millones de habitantes?

Su objetivo central era consolidar el maoísmo —o Pensamiento de Mao Zedong— como doctrina única: una adaptación del marxismo-leninismo a la realidad de una China rural y agrícola, en lugar de la sociedad industrializada que la teoría europea presuponía. Los conceptos del libro pueden agruparse en cinco grandes pilares.

El campesinado como motor de la revolución

A diferencia del marxismo clásico europeo, que veía en los obreros fabriles —el proletariado urbano— a los líderes naturales de la revolución, Mao corrió el foco. En una China mayoritariamente rural, el campesinado pobre se convirtió en la principal fuerza revolucionaria llamada a derrocar al feudalismo y al capitalismo. Esta inversión no fue un detalle doctrinario: fue la razón por la cual la revolución china triunfó donde otros intentos calcados del modelo soviético fracasaron, y explica por qué Beijing exportó luego su modelo a movimientos insurgentes del sudeste asiático, África y América Latina, donde las condiciones agrarias se parecían más a las chinas que a las europeas.

La lucha de clases continua

Mao enfatizaba que la revolución no terminaba cuando el Partido Comunista tomaba el poder. Sostenía que las clases explotadoras e imperialistas intentarían regresar de forma sutil, infiltrándose en el propio partido y en el gobierno. La lucha de clases debía ser, por lo tanto, permanente: una purga continua de elementos «burgueses» y «revisionistas». Este pilar es el que sentó las bases ideológicas de la Revolución Cultural, cuando la sospecha se volvió método de gobierno y el enemigo dejó de estar afuera para estar, potencialmente, en cualquier despacho del partido.

La guerra popular y la línea de masas

El libro detalla también la estrategia militar y política que hizo célebre a Mao. La guerra popular es una doctrina de guerra de guerrillas en la que el ejército revolucionario debe moverse entre la población civil «como el pez en el agua»: el apoyo del pueblo es indispensable para desgastar a un enemigo mejor armado. La línea de masas, por su parte, ordena a los dirigentes «ir a las masas», aprender de sus necesidades reales, transformarlas en políticas y devolverlas explicadas al pueblo para que las adopte como propias. La fórmula «de las masas, a las masas» sigue apareciendo, palabra por palabra, en documentos del PCCh del siglo XXI.

El poder nace del fusil, pero el Partido manda

Una de las frases más célebres del libro condensa el pragmatismo militar de Mao: «El poder político nace del fusil». Pero el aforismo viene con una regla de control inmediata: «El Partido manda al fusil, y nunca permitiremos que el fusil mande al Partido».

La fuerza militar es la herramienta del cambio, pero siempre subordinada a la conducción política. Seis décadas después, ese principio sigue siendo estructural: el Ejército Popular de Liberación no es el ejército del Estado chino sino del Partido, una particularidad institucional que desconcierta a los analistas occidentales y que nació, precisamente, de esta página del Libro Rojo.

Autoabastecimiento, disciplina y sencillez de vida

El manual incluye capítulos dedicados a la moral y al comportamiento cotidiano: disciplina de hierro, honestidad absoluta, rechazo del lujo y de la arrogancia.

El concepto de «apoyarse en las propias fuerzas» —el autoabastecimiento— era clave para que China no dependiera ni de las potencias capitalistas occidentales ni, tras la ruptura sino-soviética, de Moscú. Quien busque los antecedentes ideológicos de la actual apuesta china por la autosuficiencia tecnológica encontrará en este pilar una genealogía directa.

Un aniversario incómodo

La paradoja de este sexagésimo aniversario es que el propio Partido Comunista Chino prefiere no celebrarlo. Desde la resolución de 1981 que calificó la Revolución Cultural como un «error grave», Beijing mantiene una relación selectiva con el legado maoísta: rescata la disciplina, la línea de masas y la autosuficiencia, pero sepulta el caos de los Guardias Rojos y el culto desbordado a la personalidad.

El Libro Rojo, que llegó a imprimirse en más de mil millones de ejemplares y a traducirse a decenas de idiomas, sobrevive hoy como pieza de museo, souvenir turístico y, sobre todo, como clave de lectura: reducido a consignas directas sobre la acción militar, la obediencia al Partido, la fe en las masas campesinas y el combate constante contra cualquier rastro de capitalismo, sigue explicando más de la lógica política china que muchos tratados contemporáneos.

 

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