La muerte de Peng Peiyun, ex jefa de la Comisión de Planificación Familiar de China y una de las figuras clave en la aplicación de la política del hijo único, reavivó un profundo debate social en el país. Lejos de generar homenajes unánimes, su fallecimiento provocó una ola de críticas en redes sociales que volvieron a poner en primer plano las consecuencias humanas de una de las decisiones demográficas más controvertidas de la historia reciente china.
Peng, que murió en Pekín a pocos días de cumplir noventa y seis años, fue elogiada por los medios estatales como una dirigente destacada en temas vinculados a mujeres y niños. Sin embargo, en plataformas como Weibo, el tono fue marcadamente distinto. Numerosos usuarios aprovecharon la noticia para expresar el dolor y el enojo acumulados por décadas frente a una política que, entre mil novecientos ochenta y dos mil quince, limitó casi de manera universal a un solo hijo por pareja.
Durante ese período, las autoridades locales recurrieron con frecuencia a métodos coercitivos para hacer cumplir la norma. Aborto forzado, esterilizaciones obligatorias y fuertes sanciones económicas formaron parte de un sistema que buscaba frenar un crecimiento poblacional que el liderazgo chino consideraba una amenaza para el desarrollo. En retrospectiva, muchos ciudadanos sostienen que el costo humano fue demasiado alto y que sus efectos aún se sienten.
En redes sociales, varios mensajes recordaron a los hijos que nunca nacieron y a las familias marcadas por la intervención del Estado en decisiones íntimas. Otros apuntaron a la ironía de que, décadas después, China enfrente ahora el problema inverso: una caída acelerada de la población. El país, que durante años fue el más poblado del mundo, perdió ese lugar frente a India en dos mil veintitrés y registró en dos mil veinticuatro su tercer año consecutivo de descenso demográfico.
Las críticas también se enfocaron en la duración de la política. Algunos usuarios sostuvieron que, de haberse aplicado por menos tiempo, China no estaría hoy ante un escenario de envejecimiento acelerado y escasez de mano de obra. Según datos oficiales, la población china se redujo a alrededor de mil trescientos noventa millones de personas, y los especialistas advierten que la tendencia se profundizará en los próximos años.
Durante su gestión, Peng puso especial énfasis en el ámbito rural, donde las familias numerosas eran vistas como una garantía para la vejez y donde persistía una fuerte preferencia por los hijos varones. Esa combinación derivó en desequilibrios de género, abandono de niñas y abortos selectivos, problemas que dejaron una huella profunda en la estructura social del país.
Con el paso del tiempo, incluso la propia Peng reconoció la necesidad de flexibilizar la política. En la década pasada, ya retirada de su cargo, se manifestó a favor de aliviar las restricciones. Hoy, el gobierno chino intenta revertir la caída de la natalidad mediante subsidios, licencias más extensas y beneficios fiscales, aunque con resultados limitados hasta el momento.
El envejecimiento de la población y la reducción de la fuerza laboral plantean desafíos económicos de largo alcance. Aumentan las preocupaciones por el financiamiento de pensiones, la atención a los adultos mayores y la sostenibilidad de las economías locales. En ese contexto, la reacción social ante la muerte de Peng Peiyun refleja no solo un juicio sobre el pasado, sino también la ansiedad de una sociedad que enfrenta las consecuencias de decisiones tomadas décadas atrás.

