En los últimos días, la noticia del exitoso ascenso en solitario libre del escalador estadounidense Alex Honnold al Taipei 101 ha sido difundida mundialmente. Su selfie tras alcanzar la cima muestra el norte de Taiwán de fondo, donde los españoles llegaron hace 400 años. Este 2026 marca un hito histórico: el cuarto centenario del establecimiento del dominio de España en el norte de Taiwán (1626-1642).
Más allá de una simple expansión colonial, la llegada de los españoles a la entonces llamada «Ilha Formosa» fue una respuesta estratégica a un tablero de ajedrez geopolítico donde se mezclaban la fe, el comercio y la rivalidad con las potencias emergentes del siglo XVII.
El origen de un proyecto postergado
La mirada de España sobre Taiwán no fue accidental. Todo comenzó en 1582, cuando la Iglesia Católica en Manila se reunió para debatir el futuro de las misiones y la seguridad de las rutas comerciales.
De aquel encuentro nació un informe, presentado al rey Felipe II por el padre Alonso Sánchez, que identificaba a Taiwán como uno de los territorios clave para la Corona.
Curiosamente, el propio padre Sánchez había sido el primer europeo en documentar su estancia en la isla ese mismo año, tras sobrevivir al naufragio de un junco portugués.

Aunque Felipe II dio luz verde al proyecto en 1586, la expedición quedó en suspenso. La amenaza del unificador japonés Toyotomi Hideyoshi sobre Corea y las Filipinas obligó a España a concentrar sus fuerzas en la defensa de Manila. No fue hasta la desaparición de la amenaza japonesa y el ascenso de un nuevo enemigo —los holandeses— que el plan de ocupar Formosa cobró una urgencia vital.
El factor holandés
A principios del siglo XVII, la hegemonía española en Asia estaba bajo asedio. En 1619, el dominico Bartolomé Martínez propuso establecer un puerto en Taiwán para proteger el lucrativo comercio entre China y Manila, constantemente hostigado por piratas chinos y barcos holandeses.

La tensión estalló cuando los holandeses, tras fracasar en su intento de tomar Macao en 1622, se instalaron en las islas Pescadores (Penghu) y, finalmente, en 1624, en el suroeste de Taiwán, donde erigieron el Castillo Zeelandia. Desde allí, los holandeses comenzaron a interceptar los juncos chinos cargados de mercancías destinadas a Manila. La amenaza era ya una asfixia económica.
1626: el nacimiento de La Santísima Trinidad
Ante esta situación, el gobernador de Filipinas, Fernando de Silva, tomó la decisión definitiva: España debía tener su propia base en el norte de la «Isla Hermosa».
La expedición partió en febrero de 1626, acompañada por el padre Martínez y otros misioneros dominicos. Tras una breve escala en Luzón para sofocar una rebelión local, la flota alcanzó las costas taiwanesas en mayo.
El 16 de mayo de 1626, el comandante Carreño de Valdés tomó posesión oficial del puerto en nombre del Rey de España.

En el extremo norte, en la actual Keelung, fundaron el asentamiento de La Santísima Trinidad. Este enclave no solo nació como un contrapeso militar frente a la presencia holandesa en el sur, sino también como un ambicioso centro logístico y una anhelada puerta de entrada para que las órdenes religiosas llevaran su misión a China y Japón.
Un legado por redescubrir
Hoy, cuatro siglos después, la aventura española en Taiwán nos recuerda una época en la que esta isla, hoy centro tecnológico del mundo, era la frontera donde se cruzaban los imperios.
Recordar 1626 es entender cómo la ambición comercial y el celo misionero conectaron, por primera vez, el destino de España con el de la Isla Hermosa.

