El cierre del estrecho de Ormuz no es solo una noticia de guerra. Es el disparador de una crisis energética que recorre Asia de norte a sur y que, en cuestión de días, ha transformado la vida cotidiana de cientos de millones de personas. Bangladesh sin clases. Corea del Sur con tope de precios al gas por primera vez en casi treinta años. Pakistán con semana laboral de cuatro días en dependencias estatales. Filipinas con jornadas reducidas para sus funcionarios. India con reportes de acaparamiento, robos y especulación en torno a los cilindros de gas licuado. El conflicto bélico iniciado el 28 de febrero tiene su frente más silencioso —y quizás más devastador— lejos del teatro de operaciones.
Los números que explican el pánico
El 20% del petróleo que circula por el mundo pasa por Ormuz. Pero ese dato global subestima el impacto real sobre Asia: en 2024, más del 80% de los hidrocarburos que cruzaron ese corredor marítimo tenían como destino algún país asiático. No hay alternativa logística inmediata que reemplace ese flujo. Analistas de JPMorgan estimaron que hacia mediados de marzo los recortes en el suministro de crudo alcanzarían los 12 millones de barriles diarios, un déficit tan visible en los mercados físicos que solo podría compensarse con una caída equivalente en el consumo mundial. Dicho de otra manera: el mundo tendría que consumir menos porque simplemente no habría cómo conseguir más.
La crisis no se limita al petróleo crudo. El diésel, el combustible de aviación y el gas licuado de petróleo —esenciales para calefacción y cocción en gran parte de Asia— están igualmente afectados. La escasez no distingue entre economías avanzadas y emergentes.
País por país: las medidas de emergencia
Las respuestas gubernamentales revelan la magnitud del problema. En India, la nación más poblada del mundo, el desabastecimiento de gas licuado ha derivado en escenas de acaparamiento y especulación en las calles. El sector hotelero de Bombay comenzó a cerrar. Un empresario del rubro gastronómico describió la situación al Indian Express con una comparación que se ha vuelto habitual en la región: es como un segundo confinamiento por COVID-19. La ciudad de Pune llegó a suspender temporalmente las cremaciones a gas, pidiendo a sus habitantes que recurrieran a madera o electricidad.
En Pakistán, el impacto combinó medidas sociales y económicas: suspensión de clases, reducción de la jornada laboral en el sector público e incremento de los precios del gas. Tailandia promovió el teletrabajo como herramienta de ahorro energético. Filipinas redujo las horas de trabajo de sus funcionarios estatales. Bangladesh cerró universidades públicas y privadas.
Japón, por su parte, ejecutó la mayor liberación de reservas petroleras de su historia, una señal de la gravedad que el gobierno de Tokio le asigna a la situación.
Los que pierden y el que puede ganar
El impacto golpea con más fuerza a los países sin reservas estratégicas propias y con alta dependencia de las importaciones de Medio Oriente. Europa también siente el alza del gas, y la Unión Europea estudia medidas de tope de precios ante el riesgo de que el encarecimiento energético se traslade al costo de la electricidad.
China, en cambio, está en una posición relativamente más favorable. Sus reservas nacionales de petróleo son significativas, puede reconvertir parte de su consumo hacia el carbón en el corto plazo y, paradójicamente, los altos precios de los combustibles fósiles aceleran la competitividad de sus enormes capacidades en energías renovables. El conflicto que castiga a sus vecinos puede terminar siendo, en el mediano plazo, un acelerador de la transición energética china.
La frase que mejor condensa el estado de ánimo regional la pronunció el presidente de Filipinas, Ferdinand Marcos Jr.: somos víctimas de una guerra que no hemos elegido.

