El triunfo por apenas un cuarto de punto de la candidata conservadora inquieta y a la vez entusiasma a los analistas chinos. La agenda pro-inversión de la presidenta electa encaja con los sectores donde Beijing ya opera, pero un Congreso fragmentado y una sociedad polarizada obligan a las empresas chinas a recalcular riesgos en uno de sus mercados clave de Sudamérica.
Keiko Fujimori ganó la presidencia del Perú por una fracción de punto porcentual: 50,135% contra 49,865% del izquierdista Roberto Sánchez en el balotaje del 7 de junio, un resultado que el derrotado se niega a reconocer alegando fraude sin presentar pruebas. Del otro lado del Pacífico, los analistas chinos siguieron el recuento con una pregunta concreta: ¿puede un gobierno promercado y más cercano a Washington alterar una de las relaciones económicas más importantes de China en Sudamérica?
La victoria devuelve al palacio de Pizarro a una de las familias políticas más poderosas y divisivas del país. Sus votantes ven en Fujimori a una dirigente capaz de restaurar el orden, reactivar la inversión y combatir el crimen. Asumirá el 28 de julio como la décima persona en ocupar la presidencia peruana desde 2016, un dato que resume por sí solo la inestabilidad que hereda.
Un resultado que Washington celebra, pero que no aleja a Beijing
En la capital estadounidense, el triunfo de Fujimori fue leído como un retroceso de la izquierda latinoamericana. Pero eso no equivale a un giro peruano contra China. Los datos oficiales del comercio exterior son elocuentes: hasta noviembre de 2025, China concentraba alrededor del 33% del intercambio comercial peruano, contra apenas un 14% de Estados Unidos. Ninguna afinidad ideológica altera esa aritmética en el corto plazo.
Esa es precisamente la lectura que circula en los medios chinos. En una entrevista con Guancha, un influyente sitio de análisis de línea nacionalista, Meng Kexin, editor en jefe del Gongyanbao, un periódico chino centenario con sede en Lima, describió el triunfo de Fujimori como un desarrollo mixto para Beijing. Su victoria y su agenda pro-inversión, sostuvo, pueden tener múltiples impactos potenciales sobre los lazos económicos bilaterales. Su síntesis: las oportunidades y las incertidumbres coexisten.
Una agenda hecha a medida de las empresas chinas
La presidenta electa prometió expandir la inversión privada, promover la minería y construir más infraestructura. Para Meng, ese programa es altamente compatible con los sectores donde las compañías chinas operan en el Perú desde hace años. La ecuación es conocida: China depende del país andino como proveedor clave de cobre, hierro y zinc, mientras sus empresas ganaron un rol creciente en proyectos estratégicos de infraestructura, con el megapuerto de Chancay como emblema.
Si Fujimori logra restaurar la estabilidad política, mejorar la seguridad y reconstruir la confianza de los inversores, el Perú podría atraer más capital hacia la minería y la infraestructura. Y sus planes para acelerar proyectos portuarios, de transporte y logística abrirían lo que el propio Meng definió como una nueva ventana para que las firmas chinas participen en grandes contratos de ingeniería y asociaciones público-privadas.

Los riesgos que Beijing no pierde de vista
La lectura china, sin embargo, está lejos del optimismo lineal. El partido de Fujimori no cuenta con mayoría absoluta en el Congreso, lo que obligará a su gobierno a negociar cada iniciativa con otras fuerzas políticas. Eso podría ralentizar la aprobación y ejecución de los grandes proyectos de inversión, justamente el terreno donde se juegan los intereses chinos.
A ese factor se suma la fractura política peruana. La presión opositora, los eventuales desafíos judiciales y una sociedad profundamente polarizada podrían recortar el margen de gobernabilidad de la nueva administración. Si la pelea política se prolonga, advirtió el analista, tanto la inversión privada como la pública podrían frenarse, volviendo al Perú un terreno más difícil para operar.
La tarea china: monitorear, dialogar, medir riesgos
La conclusión que circula en Beijing es de pragmatismo puro: seguir de cerca la política peruana, mantener canales de comunicación abiertos con el nuevo gobierno y con el resto de las fuerzas políticas, y preparar evaluaciones de riesgo para la cooperación en minería e infraestructura. El triunfo de Fujimori puede abrir una ventana de oportunidad para los lazos sino-peruanos, pero también pondrá a prueba la capacidad de ambas partes para sostener una cooperación económica de largo plazo en un entorno político endiabladamente complejo.
Para América Latina, el caso deja una lección adicional: China ya no analiza a la región con la lógica binaria de gobiernos amigos o adversarios, sino con la mirada fría de un inversor estructural que mide gobernabilidad, congresos fragmentados y riesgo de ejecución. Es esa madurez analítica, más que cualquier gesto diplomático, la que explica por qué Beijing llegó para quedarse en el Pacífico sudamericano.

