Mao y el mundo que empezó en 1949

El mundo de hoy empezó realmente el día que un campesino de Shaoshan, nacido el 26 de diciembre de 1893, proclamó en Beijing que China se había puesto de pie.

Mao Zedong no es una figura del pasado. Es una estructura histórica activa. Su nombre no remite solo a una revolución ocurrida en 1949, sino al momento en que el mundo dejó de ser definitivamente occidental. Desde entonces, todo orden global —liberal, socialista o híbrido— se construye con China dentro, y esa China empieza con Mao.

Occidente suele leer a Mao como un exceso: el líder totalitario, el ideólogo brutal, el responsable de hambrunas y purgas. Esa lectura no es falsa, pero es incompleta. Reduce a Mao a un problema moral y pierde de vista su verdadera dimensión: Mao fue una bisagra sistémica. Un actor que desplazó el eje del siglo XX.

La revolución china no fue solo comunista. Fue, antes que nada, nacional. En un país fragmentado, humillado por potencias extranjeras y atravesado por guerras civiles interminables, Mao logró algo que ni el imperio tardío ni la república liberal habían conseguido: unificar territorio, poder y relato. En términos geopolíticos, eso equivale a crear un actor donde antes había un espacio disponible.

Desde 1949, un quinto de la humanidad dejó de ser periferia pasiva y se convirtió en sujeto político. Ese dato, por sí solo, reordena el mundo.

El 1 de octubre de 1949, Mao Zedong proclamó la victoria comunista desde la Plaza de Tiananmen, declarando que «el pueblo chino se ha puesto en pie».

Pero Mao no solo creó China. También fracturó el comunismo internacional. El quiebre sino-soviético fue uno de los eventos más subestimados de la Guerra Fría. Hasta entonces, el socialismo tenía un centro doctrinario y estratégico en Moscú. Mao demostró que podía haber otro. Que la revolución no tenía por qué nacer en fábricas industriales ni obedecer a Europa.

Ese gesto introdujo algo decisivo: la idea de que la periferia podía producir teoría, estrategia y poder, no solo copiar modelos. A partir de Mao, el mundo dejó de ser bipolar en términos ideológicos, incluso antes de dejarlo en términos geopolíticos.

Vietnam, Corea, Cuba, los movimientos de liberación africanos, las guerrillas latinoamericanas: todos leyeron a Mao. Algunos para imitarlo, otros para corregirlo, otros para combatirlo. Pero nadie pudo ignorarlo. El maoísmo se volvió un lenguaje político global, una gramática de la insurgencia y del antiimperialismo.

Sin embargo, el impacto más duradero de Mao no fue ideológico, sino estatal. Mao enseñó que la soberanía no se declama: se organiza. Partido, ejército, masas, territorio. El Estado como instrumento total. Esa concepción sigue viva en la China actual, incluso cuando el contenido económico es radicalmente distinto.

La paradoja china —capitalismo sin liberalismo— no se explica sin Mao. Deng Xiaoping pudo abrir la economía porque el Estado maoísta ya estaba construido. Xi Jinping puede centralizar el poder porque la arquitectura política nunca fue desmontada. Mao es el cimiento invisible de la China post-maoísta.

Henry Kissingery el presidente Mao Zedong se reunieron varias veces, la más notable durante la histórica visita del presidente Richard Nixon a China en 1972.

Por eso su figura persiste. No como modelo a repetir, sino como mito fundacional controlado. China aprendió de la caída soviética una lección clave: destruir el pasado destruye el presente. Criticar integralmente a Mao sería cuestionar la legitimidad del Estado que permitió el ascenso chino. Por eso Mao permanece en Tiananmen, en los billetes, en la pedagogía política. No como nostalgia, sino como garantía de continuidad.

Para el mundo, esa continuidad es decisiva. La China que disputa hegemonía tecnológica, comercial y militar con Estados Unidos no es una anomalía reciente: es el resultado histórico de un proceso iniciado en 1949. Cada puerto, cada satélite, cada inversión china en África o América Latina se inscribe en ese arco largo.

Mao también dejó una advertencia incómoda para Occidente: la modernidad no es un monopolio liberal. China se industrializó, se armó, se alfabetizó y se convirtió en potencia sin pasar por el itinerario político occidental. Eso no implica que el modelo maoísta sea deseable, pero sí que el universalismo liberal quedó históricamente refutado.

En un mundo que vuelve a hablar de soberanía, de Estado fuerte, de conflicto entre grandes potencias, Mao reaparece no como ideólogo, sino como precursor. El siglo XXI se parece cada vez menos a los años noventa y cada vez más a una versión tecnificada de los dilemas del siglo XX. Y en ese escenario, Mao no es un fantasma: es un antecedente.

Multitudes con carteles de Mao Zedong llenan las calles de una ciudad de China, celebrando el triunfo de la revolución comunista en 1949. (Foto AP)

No se trata de reivindicarlo ni de condenarlo en bloque. Se trata de entender que sin Mao, el mundo actual no tendría su forma. Asia no ocuparía el centro que ocupa. El Sur Global no tendría el mismo margen de maniobra. La idea misma de un orden multipolar sería mucho más débil.

Mao fue brutal, errático, desmesurado. Pero también fue eficaz en el sentido más crudo del término: fundó poder. Y el poder, a diferencia de la moral, no desaparece cuando incomoda.

Por eso Mao sigue importando. Porque el mundo en el que vivimos —fragmentado, competitivo, post-occidental— empezó, en gran medida, el día en que un líder campesino proclamó en Beijing que China se había puesto de pie.

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