Beijing observa con atención la visita de Takaichi a Washington: Taiwán, rearme y la alianza con Estados Unidos en el centro de la tensión

La llegada de la primera ministra japonesa Sanae Takaichi a Washington para su cumbre con Donald Trump no pasó inadvertida en Beijing. Para China, el viaje es mucho más que un encuentro diplomático de rutina: representa la manifestación más reciente de lo que el gobierno chino llama un proceso sostenido de remilitarización japonesa, respaldado por el paraguas estratégico de Estados Unidos, y que —en la lectura de Beijing— amenaza la arquitectura de seguridad regional construida desde la posguerra.

La visita se produce en un contexto de escalada bilateral sin precedentes en décadas. Desde que Takaichi afirmó en noviembre pasado que una contingencia en Taiwán podría constituir una «situación de amenaza a la supervivencia» de Japón —condición legal para activar la autodefensa colectiva—, China ha desplegado una campaña de presión sostenida y multidimensional. Para Beijing, esa declaración cruzó una línea roja: equivale a que un primer ministro en funciones sitúe la reunificación china como una amenaza existencial para Japón.

La lectura oficial china sobre la cumbre en Washington es contundente. Medios estatales como el China Daily sostienen que la urgencia de Takaichi por reunirse con Trump antes que cualquier otro líder delata su ansiedad ante las consecuencias de una crisis que ella misma contribuyó a generar, y refleja su intención de aprovechar la alianza para avanzar ambiciones políticas y militares de derecha «escudándose en el paraguas de seguridad estadounidense». Beijing advierte que Washington debería ser cauteloso respecto a lo que Takaichi intenta introducir en la relación bilateral.

 

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Esa percepción se nutre de una lectura más profunda sobre la psicología política japonesa. Analistas vinculados al gobierno chino sostienen que el ascenso de China como potencia que resistió eficazmente la ofensiva arancelaria de Trump ha amplificado las ansiedades del establishment conservador nipón, que teme quedar subordinado en un orden regional en el que la influencia china crece mientras el compromiso estadounidense se vuelve menos predecible.

El timing del viaje agrega otro ángulo de tensión. Según fuentes citadas por medios japoneses, Trump le habría transmitido a Takaichi que Estados Unidos y China «están tratando de llevarse bien», instándola a no interferir, y la primera ministra habría quedado «bastante deprimida» tras aquel intercambio porque el presidente no le dio la respuesta que esperaba. La postergación del viaje de Trump a China —inicialmente programado para fines de marzo— debido al conflicto con Irán añade complejidad al cuadro: Japón busca reafirmar su centralidad en la estrategia estadounidense en un momento en que Washington tiene la mirada puesta en Medio Oriente.

Sobre el incremento del gasto en defensa, la posición china es igualmente tajante. El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, Lin Jian, señaló que el gobierno de Takaichi ha «acelerado notablemente su ritmo de expansión militar» desde que asumió el poder, apartándose «cada vez más de la senda del desarrollo pacífico». El presupuesto de defensa para el año fiscal 2026, aprobado en diciembre pasado, creció un 9,4% respecto al año anterior y representa el cuarto año consecutivo del programa quinquenal para duplicar el gasto militar hasta alcanzar el 2% del PBI.

Takaichi viaja a Washington para afianzar la alianza con EE.UU. en medio de la crisis en Oriente Medio

El Ministerio de Defensa chino fue más directo aún: calificó las advertencias japonesas sobre el presupuesto militar chino como el argumento de «un ladrón que grita ¡al ladrón!», destinado a justificar ambiciones ocultas de expansión militar. El portavoz recordó que Japón, por su historia como país agresor, debería haber permanecido desarmado conforme a los instrumentos internacionales surgidos de la posguerra, incluyendo la Declaración de El Cairo y la Proclamación de Potsdam.

Las medidas concretas adoptadas por Beijing desde noviembre abarcan la prohibición de exportar materiales de doble uso con fines militares, investigaciones antidumping sobre importaciones japonesas, la suspensión del turismo chino a Japón y la restricción de importaciones de mariscos. En paralelo, medios oficiales como el People’s Daily acusaron a Tokio de «buscar revivir el militarismo» y de exhibir tendencias que socavan los logros de la victoria en la Segunda Guerra Mundial y el orden internacional de posguerra.

Por todo esto, se percibe que para Beijing, el viaje de Takaichi a Washington no es un acto de diplomacia ordinaria: es, en su lectura, la búsqueda de un aval estadounidense para un programa de expansión militar que China considera incompatible con las obligaciones históricas de Japón y con la estabilidad regional.

Lo que Tokio presenta como legítima disuasión ante un entorno de seguridad deteriorado, Beijing lo interpreta como la reedición —bajo nuevas formas tecnológicas y constitucionales— de un expansionismo que no ha sido suficientemente juzgado ni reconocido.

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