«Murallas de Neón», el nuevo libro de Gonzalo Fiore Viani: «China no piensa en fronteras sino en escalas temporales mucho más largas»

Gonzalo Fiore Viani está publicando «Murallas de Neón: Crónicas de Beijing», su segundo libro de crónica geopolítica tras el exitoso Moscú no cree en lágrimas. En esta entrevista con ReporteAsia, el internacionalista cordobés recorre las claves de una obra que es, al mismo tiempo, literatura de viaje y análisis de poder.

Fiore Viani es abogado, magíster y doctor en Relaciones Internacionales, becario posdoctoral de CONICET y profesor universitario. Se desempeña como analista internacional en medios radiofónicos y televisivos, y es uno de los pocos intelectuales argentinos que ha hecho del análisis de las potencias euroasiáticas un proyecto literario sostenido.

Su primer libro, Moscú no cree en lágrimas, lo llevó a la capital rusa para leer desde adentro el regreso de Rusia como actor global. Murallas de Neón continúa ese viaje, esta vez hacia Beijing, y el resultado es una obra híbrida que se mueve entre la crónica urbana y el ensayo geopolítico: la historia de un extranjero que recorre una ciudad donde todo parece accesible y moderno, pero donde una arquitectura invisible —hecha de plataformas digitales, códigos culturales y sistemas de vigilancia— marca fronteras que ningún mapa puede mostrar.

El libro ya está disponible en la Librería del Palacio, Rubén Libros, El Espejo y Volcán Azul, en Córdoba, y en los próximos días llegará a Buenos Aires.

La obra fue publicada por la editorial Clarice Viajes. Su editor fue Nelson Specchia. El diseño visual estuvo a cargo de Gustavo Figueroa-Oroná. El epílogo corresponde a Diego Puente Rosa, el prólogo estuvo a cargo de quien escribe.

«Después de Moscú y Beijing entendí que el siglo XXI no se define solo por conflictos entre Estados, sino por la competencia entre distintas maneras de imaginar el tiempo»

Sobre el salto de Moscú a Beijing, Fiore Viani es preciso: Rusia le mostró la geopolítica clásica —territorio, seguridad, memoria imperial—, mientras que China le reveló una dimensión diferente del poder. No la del balance militar ni la de las fronteras, sino la de las escalas temporales. Una potencia que piensa en décadas donde otras piensan en ciclos electorales.

«Después de viajar de Moscú a Beijing terminé de entender que el siglo XXI no se define solamente por conflictos entre Estados, sino también por la competencia entre distintas maneras de imaginar el tiempo, el desarrollo y el orden internacional», comentó. Por ende, para el entrevistado: «»China no piensa únicamente en términos de fronteras o balances militares sino en escalas temporales mucho más largas».

Esa sensación de estar ante algo cualitativamente distinto apareció, cuenta, en las primeras noches caminando por Beijing. La ciudad era moderna, luminosa, aparentemente abierta. Pero había algo más: una muralla invisible tejida de tecnología, aplicaciones, sistemas de pago y claves culturales que un extranjero no puede atravesar simplemente con voluntad. No una muralla física como las del pasado. Una muralla de neón.

«No era una muralla física como las del pasado. Era una muralla tecnológica. Por otro lado, lo clásico y lo moderno, junto con futurista, conviven permanentemente, eso me llamó mucho la atención desde el momento uno», expresó  sobre sus vivencias en la capital china.

La Ciudad Prohibida ocupa un lugar central en el libro, y no como atracción turística sino como clave de lectura política. Para Fiore Viani, China administra su memoria histórica con una sofisticación que pocas potencias pueden igualar: no elimina el pasado sino que lo reorganiza. La historia imperial, la revolución comunista y la modernización económica aparecen integradas en un mismo relato nacional.

«Al Emperador no lo mataron», señala, «sino que lo pusieron a cuidar un jardín». El Partido Comunista no descansa su legitimidad solo en el crecimiento económico, sino en su capacidad de presentarse como heredero de una continuidad de varios milenios.

Otro momento revelador del libro es su lectura del barrio Sanlitun: marcas globales de lujo, innovación tecnológica, vigilancia digital y planificación estatal conviviendo en el mismo espacio. Lo que los libros académicos describen por separado, Sanlitun lo muestra funcionando en simultáneo. «Es una experiencia que revela las contradicciones y también la eficacia del modelo chino de una manera difícil de transmitir mediante estadísticas», escribe.

— Gonzalo, tu libro plantea que China es más predecible en sus objetivos pero más difícil de contener. ¿Cómo se traduce eso en la práctica para un país como Argentina?

— China tiene una visión de largo plazo extraordinariamente consistente. Sus prioridades suelen mantenerse durante décadas. El problema para el resto del mundo no es tanto descifrar hacia dónde quiere ir, sino comprender la escala de recursos y paciencia histórica que está dispuesta a emplear para llegar allí. Para Argentina, eso significa que negociar con China exige también pensar en horizontes largos, algo que no solemos hacer.

— Usás el concepto de Tianxia para leer la política exterior china hacia América Latina. ¿Puede la región construir algo que no sea simplemente extractivismo?

— Yo creo que sí, pero eso depende más de América Latina que de China. Beijing busca recursos, mercados y socios políticos, pero también está dispuesto a invertir en infraestructura, tecnología y cadenas de valor más complejas. La pregunta es si los países latinoamericanos cuentan con estrategias nacionales capaces de transformar esa relación en una oportunidad de desarrollo. Sin planificación estatal y coordinación regional, el riesgo de quedar atrapados en un patrón extractivista sigue siendo alto. Y es lo que pasa en la mayoría de los casos.

— ¿Qué país de la región está mejor posicionado para pensar esa relación en clave estratégica?

— Brasil, sin dudas. No solo por su tamaño económico o demográfico, sino porque tiene una tradición diplomática que piensa en horizontes largos y ha desarrollado capacidades industriales y tecnológicas que le permiten negociar desde una posición más sólida. Argentina podría mejorar sustancialmente su posición si lograra construir consensos estratégicos duraderos. El potencial está. Lo que falta es la continuidad.

— ¿Qué dejaste deliberadamente fuera del libro?

— Muchas impresiones inmediatas y anécdotas que podían resultar llamativas para un lector occidental pero que corrían el riesgo de reforzar estereotipos. Preferí concentrarme en lo que ayudaba a comprender mejor a China y no simplemente a exotizarla. Uno de los grandes desafíos de escribir sobre China es evitar tanto la fascinación acrítica como la caricatura. El libro intenta moverse entre esos dos extremos.

Comparte

spot_img

Popular