Entre 1977 y comienzos de los años ochenta, China vivió una transición decisiva: el desmantelamiento de las políticas de la Revolución Cultural, la rehabilitación de millones de perseguidos y las reformas que prepararon el terreno para la apertura económica.
Boluan Fanzheng (拨乱反正) significa, literalmente, «eliminar el caos y volver a la normalidad». La expresión es un chengyu —una frase hecha del idioma chino— que aparece por primera vez en los Anales de Primavera y Otoño de la antigüedad, pero su uso moderno remite a un período preciso: el programa que Deng Xiaoping impulsó desde septiembre de 1977, un año después del fin de la Revolución Cultural lanzada por Mao Zedong, para corregir sistemáticamente los errores de aquella década de convulsión.

La batalla ideológica que abrió el camino
Tras la muerte de Mao, su sucesor Hua Guofeng propuso la doctrina de las «dos todas aquellas»: defender todas las decisiones tomadas por Mao y respetar todas sus instrucciones. Deng, junto a Hu Yaobang y otros reformistas, respondió en 1978 con un gran debate nacional sobre el criterio de la verdad, cuya consigna —»la práctica es el único criterio para comprobar la verdad»— demolió el dogmatismo maoísta.
Ese triunfo ideológico consagró a Deng como líder supremo de facto en la Tercera Sesión Plenaria del XI Comité Central, en diciembre de 1978, punto de partida de la Reforma y Apertura.
Rehabilitaciones, Constitución y educación
En pocos años, Deng y Hu Yaobang rehabilitaron a las víctimas de más de tres millones de «casos injustos, falsos e incorrectos», entre ellas figuras como Liu Shaoqi y el mariscal Peng Dehuai —perseguidos hasta la muerte— y Xi Zhongxun, padre del actual presidente Xi Jinping.
En 1981, el Partido Comunista declaró oficialmente que la Revolución Cultural había sido responsable del revés más severo sufrido por el país desde la fundación de la República Popular.

La Constitución de 1982 eliminó el vocabulario revolucionario, restableció la presidencia con límite de dos mandatos y consagró que todas las organizaciones, incluido el Partido, deben obedecer la ley.
En paralelo, Deng restauró el gaokao —el examen nacional de ingreso universitario, suspendido durante diez años—, promovió el respeto a científicos e intelectuales y dejó plantada la educación obligatoria de nueve años, sancionada por ley en 1986.
Luces, sombras y ecos actuales
El período también dejó cuentas pendientes: los perpetradores de las masacres de la Revolución Cultural recibieron poco o ningún castigo, los «Cuatro Principios Fundamentales» blindaron el unipartidismo, y el Partido nunca desclasificó por completo los archivos ni permitió una revisión social profunda de la época, que muchos analistas consideran una amenaza a su propia legitimidad.
La resonancia contemporánea es evidente: desde la llegada de Xi Jinping al poder en 2012, varias reformas de aquel período se revirtieron —empezando por los límites de mandato presidencial, eliminados en 2018—, lo que alimentó advertencias sobre una «nueva Revolución Cultural». Entender Boluan Fanzheng es, por eso, entender tanto los cimientos de la China moderna como el debate sobre su rumbo actual.

