Treinta y cinco años después de que Alberto Fujimori abriera la puerta de Beijing, su hija Keiko llega a la presidencia peruana con un mandato imposible de simplificar: afinidad personal con Estados Unidos, dependencia comercial de China y la promesa de no alinearse automáticamente con ninguna de las dos potencias.
La ajustada victoria de Keiko Fujimori en el balotaje presidencial peruano abre un capítulo cargado de simbolismo en la disputa entre Washington y Beijing por América Latina. La presidenta electa, formada en universidades estadounidenses y portadora de un programa promercado y de mano dura contra el crimen, parecía a priori la aliada natural que la administración de Donald Trump buscaba en la región. Sin embargo, sus primeras definiciones apuntan en otra dirección: rechazo a cualquier alineamiento automático con una potencia y defensa de una posición estratégicamente equilibrada entre China y Estados Unidos.
Que una dirigente con vínculos personales tan estrechos con Washington adopte esa postura deliberadamente ambigua revela algo más profundo que un cálculo electoral: muestra los límites estructurales del esfuerzo estadounidense por desplazar a China de Sudamérica, especialmente en los países al sur de Colombia, donde el peso económico de Beijing es difícil de contrarrestar. Los números lo explican por sí solos: China concentra alrededor de un tercio del comercio exterior peruano, más del doble que Estados Unidos.
Una herencia que empezó en 1991
Para entender el dilema de Keiko hay que volver a su padre. Alberto Fujimori, hijo de inmigrantes japoneses y quizás el presidente peruano más abierto a mirar hacia el Este, llegó al poder en 1990 necesitado de capital y respaldo internacional para sostener su programa de reformas neoliberales de shock y reinsertar al Perú en los mercados financieros globales. Del otro lado del Pacífico, una China aislada diplomáticamente tras la represión de Tiananmen buscaba con urgencia socios que la ayudaran a romper el cerco.
De esa convergencia de necesidades nació una relación que transformó la economía peruana. Fujimori visitó China cuatro veces durante la primera mitad de su década en el poder, impulsó el ingreso del Perú al foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) y sentó las bases de un vínculo comercial que, dos décadas más tarde, permitiría a Beijing desplazar a Washington como principal socio comercial del país andino. Como señalan analistas peruanos especializados en Asia, el legado del padre fue precisamente ese: abrir el Perú a Asia y a China.

Chancay, el símbolo de la disputa
Desde los años noventa, la inversión china acumulada en el Perú ronda los 30.000 millones de dólares, concentrada en sectores estratégicos como minería, energía e infraestructura. La pieza más emblemática es el megapuerto de Chancay, construido por la estatal china COSCO Shipping con una inversión de 1.300 millones de dólares e inaugurado por Xi Jinping a fines de 2024. Diseñado para acortar en unos diez días la ruta marítima hacia Shanghái, el puerto ancla la ambición peruana de convertirse en el gran hub logístico del Pacífico sudamericano.
Para Estados Unidos, Chancay es mucho más que una ventaja comercial china: lo considera un riesgo de seguridad por su eventual uso militar. La escalada de tensiones llevó a Trump a enviar a Lima un nuevo embajador, Bernie Navarro, cuyos primeros meses en el cargo ilustraron con crudeza lo cuesta arriba que resulta la agenda estadounidense en el Perú.
Diplomacia de hamburguesas y crisis institucional
Navarro aterrizó en febrero y se encontró con el entonces presidente José Jerí envuelto en un escándalo por reuniones secretas con empresarios chinos en un restaurante de fusión chino-peruana en Lima. El episodio adquirió un costado gastronómico cuando el embajador publicó una foto compartiendo hamburguesas con Jerí, acompañada de una leyenda que hablaba de cambiar el menú. Las denuncias terminaron costándole el cargo al mandatario, en la tercera destitución presidencial que el Congreso peruano concreta en apenas cinco años.
Oportunidades e incertidumbres: cómo lee China la victoria de Keiko Fujimori en Perú
Su sucesor interino intentó luego demorar la compra de cazas F-16 a la estadounidense Lockheed Martin, un acuerdo negociado durante al menos dos años, y solo avanzó tras fuertes presiones, entre ellas las del propio partido fujimorista. El mismo Navarro reconoció públicamente en junio que Estados Unidos hoy no está ganando en el Perú y que Washington pasó años distraído en otras regiones del mundo, aunque prometió recuperar el terreno perdido frente a China antes del final de su misión.
El equilibrio como doctrina
Keiko Fujimori parece dispuesta a dejar que Estados Unidos corra desde atrás, siempre que los lazos comerciales con China se mantengan sólidos y el país siga avanzando hacia su meta de consolidarse como plataforma logística del Pacífico. Exfuncionarios peruanos con experiencia en Washington describen su posición como pragmatismo puro, en línea con una tradición de política exterior que el Perú sostiene desde hace décadas.
La propia presidenta electa lo resumió con una metáfora culinaria que condensa toda la estrategia: la cocina peruana es fusión, y el restaurante donde el país hará sus inversiones es APEC, la mesa donde Estados Unidos se sienta junto a los países de Asia. Para América Latina, el mensaje trasciende al Perú: en la región donde Beijing construyó durante tres décadas una presencia económica estructural, ni siquiera los gobiernos más afines a Washington están dispuestos a elegir un solo comensal.

