El gigante que mira el Mundial por TV: el sueño incumplido de Xi y el fracaso de China en el fútbol global

Miles de millones de dólares invertidos, estrellas mundiales compradas, entrenadores de élite contratados, un plan de Estado hasta 2050. El resultado: un equipo nacional rankeado 90° en el mundo, que no clasifica a un Mundial desde 2002. Una liga de fútbol que colapsó. Y una catarata de condenas por corrupción que llegó hasta el presidente de la federación.

Xi Jinping mira el Mundial 2026 por televisión. En las pantallas que transmiten los partidos hay tecnología china. En las vallas de los estadios hay logos chinos. En la camiseta del campeón del mundo hay sponsors chinos. Pero en el campo no hay un solo futbolista chino. Esa imagen condensa una de las paradojas más reveladoras del poder contemporáneo: China puede comprar todo del fútbol mundial excepto lo que más importa, que es saber jugarlo.

El plan de los tres sueños

En 2011, un año antes de convertirse en presidente, Xi Jinping ya había expresado con claridad su visión: transformar a China de potencia futbolística menor en superpotencia mundial. Trazó un plan en tres etapas para la selección masculina: clasificar a otro Mundial, organizar un Mundial y ganar un Mundial. No era retórica. Cuando la Asociación China de Fútbol presentó en 2016 un plan para hacer del país una «superpotencia mundial del fútbol» para 2050, la determinación de Xi se respaldó con una oleada de inversiones que capturó la atención de jugadores y aficionados de todo el mundo. Conglomerados afiliados al Estado y promotores inmobiliarios enriquecidos por el boom del sector inundaron de dinero la liga doméstica.

El punto de partida era desafiante. Cuando Xi lanzó el programa, China ocupaba el puesto 81 del ranking FIFA. Diez años después ocupa el puesto 90, ubicado entre Nueva Zelanda y la isla caribeña de Curazao.

La burbuja: Oscar, Tevez y el El Dorado chino

Entre 2015 y 2017, la Chinese Super League vivió uno de los episodios más extravagantes de la historia del fútbol global. La competición rompió el récord de transferencias asiático cinco veces en menos de un año.

El punto culminante fue el traspaso del mediocampista brasileño Oscar desde el Chelsea al Shanghai SIPG por 60 millones de euros en enero de 2017. En esa misma ventana de transferencias, el delantero argentino Carlos Tevez fue seducido por el Shanghai Shenhua con un salario reportado de 730.000 euros semanales, el más alto del mundo en ese momento.

A Oscar y Tevez se sumaron Hulk, Ramires, Alex Teixeira, Axel Witsel, Marek Hamsik, Gervinho y entrenadores de la talla de Fabio Cannavaro y Luiz Felipe Scolari.

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Sí, Carlos Tevez se convirtió en el futbolista mejor pagado del mundo cuando firmó con el club chino Shanghai Shenhua a fines de diciembre de 2016. El delantero argentino acordó un salario aproximado de 40 millones de dólares (unos 38 millones de euros) por temporada.  

Solo en la ventana de invierno 2016-2017, el gasto total de los clubes chinos en transferencias superó las 331 millones de libras esterlinas —más de dieciséis veces lo gastado por los clubes españoles en el mismo período y más que la suma de España, Italia, Alemania y Francia juntos.

El problema fue que la inversión no guardaba ninguna relación con los ingresos reales. Según estadísticas de la propia Asociación China de Fútbol, el gasto promedio de cada club de la Super League en la temporada 2018 fue de aproximadamente 1.100 millones de yuanes, contra ingresos promedio de 686 millones. El gasto de los clubes era unas diez veces mayor que el de la liga surcoreana y tres veces mayor que el de la J-League japonesa.

Tevez describió abiertamente su paso por China como «unas vacaciones». Su técnico lo calificó de «pasado de peso». Cuatro goles en 16 partidos fue el saldo del ex delantero argentino en la liga. Oscar, por su parte, admitió que su intención era retornar a Europa una vez asegurado su futuro económico.

El colapso

El dinero que sostenía la burbuja no venía de la economía real del fútbol sino del sector inmobiliario. Diez de los dieciséis clubes de la Super League eran propiedad de empresas inmobiliarias. Con la caída del grupo Evergrande, Suning Holdings y otros gigantes del sector en una espiral de deudas, sus clubes empezaron a colapsar con ellos.

El caso más emblemático fue el de Jiangsu FC, que en febrero de 2021 anunció el cese de operaciones apenas tres meses después de ganar el campeonato de la Super League, en lo que los medios estatales chinos describieron como «impactante». Los inversores que habían entrado para congraciarse con el Partido Comunista se retiraron en masa. En 2020, dieciséis equipos abandonaron el fútbol chino.

En respuesta, el gobierno introdujo topes salariales —los jugadores extranjeros no pueden ganar más de 3,6 millones de dólares por temporada— y restricciones al número de extranjeros por plantel. El efecto fue inmediato: el éxodo de figuras internacionales fue total.

La corrupción: de los vestuarios a la cadena perpetua

El colapso financiero no fue el único escándalo. En 2022, el Partido Comunista inició una investigación anticorrupción a gran escala en el ámbito futbolístico y en abril de 2023 comenzaron a producirse detenciones de altos funcionarios.

El caso más resonante fue el de Li Tie, el primer futbolista chino en jugar en la Premier League inglesa —Everton— y luego entrenador de la selección nacional. Fiscales lo acusaron de aceptar más de 50 millones de yuanes —unos 6,8 millones de dólares— en sobornos entre 2019 y 2021, cuando dirigía al equipo nacional.

A cambio, favorecía la convocatoria de determinados jugadores y ayudaba a ciertos clubes a ganar partidos. Li Tie fue condenado a 20 años de prisión.

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Chen Xuyuan, ex presidente de la Asociación China de Fútbol.

La condena más grave recayó sobre Chen Xuyuan, presidente de la Asociación China de Fútbol. Un tribunal declaró que había aceptado sobornos por más de 81 millones de yuanes —unos 11,2 millones de dólares— entre 2010 y 2023, utilizando sus cargos para facilitar contratos, operaciones de inversión y organización de eventos deportivos. Fue condenado a cadena perpetua. Analistas señalan que el patrón se repite en múltiples sectores: una vez que un área se convierte en prioridad nacional, el dinero que fluye hacia ella genera poderosos incentivos para la corrupción, con pocas instituciones capaces de exponer el despilfarro o el abuso. El fútbol no fue la excepción.

Por qué China no puede jugar al fútbol: las causas de fondo

Más allá de la corrupción y el mal manejo financiero, existe un problema estructural que ningún decreto puede resolver rápidamente. China no tiene 1.400 millones de personas entre las que elegir jugadores. Tiene alrededor de 8.000 —el grupo de jugadores jóvenes de élite de entre 15 y 18 años—. Esto no es un accidente: es el resultado directo de un valor cultural milenario que moldea cada aspecto de la vida china: «Todas las ocupaciones son inferiores al estudio».

Según el informe anual 2025 de la Asociación China de Fútbol, el total de jugadores masculinos jóvenes de élite menores de 21 años es de 80.245, y el total de futbolistas profesionales masculinos en China ronda los 1.800. Cada año, al menos el 25% de los jóvenes futbolistas abandona el deporte entre los 14 y 16 años para concentrarse en el bachillerato y el examen de ingreso universitario conocido como Gaokao.

Los padres chinos hacen una evaluación racional del riesgo: las probabilidades de que un joven futbolista llegue al nivel profesional son menores al 0,01%, más bajas que las de ingresar a la Universidad de Tsinghua o la Universidad de Pekín. Y si lo logran, la carrera será corta, las lesiones probables y no habrá educación de respaldo al retiro. Un analista chino especializado en fútbol lo resume con precisión: «En China, cuanto más énfasis pone el líder en el fútbol, más nerviosa se pone la sociedad, más poder ganan los burócratas, y más corruptos se vuelven».

A esto se suma que, a diferencia de Japón o Corea del Sur, ningún jugador del actual plantel chino juega en un club extranjero. La liga doméstica es lo suficientemente grande y lucrativa como para retener el talento local, pero tan permeada por la incompetencia y la corrupción que ese talento frecuentemente se desperdicia.

Naturalizaciones: el atajo que no funcionó

Ante la escasez de talento, China recurrió a la naturalización de futbolistas de origen extranjero. El experimento no dio resultados. Un plantel de 2025 incluyó cuatro jugadores naturalizados, con nombres modificados para darles una identidad china más reconocible. Algunos analistas señalan que la estrategia puede haber tenido efecto contraproducente, al limitar oportunidades de desarrollo para jugadores locales jóvenes.

La humillación más concreta llegó en las eliminatorias para el Mundial 2026: China sufrió una derrota por 7 a 0 ante Japón, y posteriormente fue eliminada definitivamente tras perder 1 a 0 ante Indonesia. Con esa derrota, el sueño del Mundial 2026 quedó sepultado. China tiene solo una aparición en la historia de los Mundiales —Corea-Japón 2002— donde fue eliminada en la fase de grupos sin marcar un solo gol y recibiendo nueve.

Los robots de Xi

El episodio más revelador del estado de la situación ocurrió en abril de 2025, cuando Xi Jinping visitó en Shanghái la empresa AgiBot —también conocida como Zhiyuan Robotics—, una startup de robótica humanoide fundada en 2023 por ex ingenieros de Huawei que para ese año ya era el mayor fabricante de robots humanoides del mundo por volumen de producción.

Ante la demostración de sus máquinas bípedas, capaces de ejecutar movimientos complejos con precisión milimétrica, el presidente chino planteó en tono jocoso una pregunta que recorrió el mundo: «¿Podemos hacer que los robots jueguen en el equipo nacional?».

China tiene infraestructura deportiva de primer nivel. El Nido de Pájaros, uno de los estadios más destacados del país, es un ejemplo de ello.

La frase quedó registrada en el sitio web de la empresa y fue ampliamente citada por la prensa internacional. El chiste de Xi condensaba, sin quererlo, toda la ironía del proyecto futbolístico chino: el país que lidera la producción industrial de humanoides no puede encontrar once hombres capaces de clasificar a un Mundial. Meses después, China quedaría eliminada de las clasificatorias al perder ante Indonesia.

La Selección Argentina, el activo más codiciado

Mientras China no puede construir un equipo competitivo, sí ha logrado transformar al campeón del mundo en una plataforma de marketing para sus empresas. La AFA designó a Druid Sport como agente comercial exclusivo para el mercado chino, y el resultado fue una red de acuerdos que cubre categorías que van desde la tecnología financiera hasta la nutrición, pasando por la movilidad eléctrica.

En marzo de 2026, la AFA realizó una gira institucional en el histórico Workers Stadium de Beijing con la presencia del embajador argentino en China, ex jugadores como Javier Saviola y Ezequiel Lavezzi como embajadores de marca, y la presentación formal de tres nuevos sponsors regionales: Ant International —la división global de Ant Group, dueños de Alipay+, orientada a integrar la marca AFA en plataformas de pagos digitales y fidelización—; Danone Beverage China, cuya alianza vincula la imagen de los campeones del mundo con la distribución masiva de productos lácteos en hogares chinos; y DeRucci, empresa líder en colchones y tecnología del descanso.

En el segmento automotriz, el acuerdo más llamativo es el de Dongfeng y Huawei, cuya marca de lujo conjunta Yijing presentó el X9 como vehículo oficial de la Selección en China: un SUV eléctrico de seis plazas estilo business, 600 caballos de potencia y 850 kilómetros de autonomía, cuya campaña publicitaria en territorio chino utiliza imágenes generadas con inteligencia artificial de Messi, Lautaro Martínez, Julián Álvarez y el «Dibu» Martínez. El vehículo no se comercializa en Argentina. El acuerdo es puramente regional: la camiseta albiceleste como vehículo de posicionamiento en el mercado chino para una alianza tecnológica entre dos gigantes industriales del país.

La red de sponsors chinos de la selección argentina incluye además a TCL en electrónica, DiDi en movilidad, Lexar —propiedad del grupo chino Longsys— como main sponsor global, y una serie de marcas regionales como Yili, Cotti Coffee, Wanjiale y Panpan Foods, todas orientadas exclusivamente al consumidor chino.

¿Hay futuro?

Las señales más alentadoras no vienen de la élite sino de la base. La rápida expansión del fútbol comunitario en 2025 sugiere que el desequilibrio estructural que ha caracterizado al fútbol chino —abundancia en la cima, vacío en la base— está comenzando a corregirse. Se proyecta construir una red de competiciones amateur con una meta de largo plazo de superar los 2 millones de jugadores registrados en todo el país.

El problema del fútbol chino nunca fue la falta de ambición o inversión en el nivel élite; fue la debilidad de la base. Los países con culturas futbolísticas profundas —España, Alemania, Inglaterra— dependen de una participación amateur amplia para sostener sus pipelines de talento, ecosistemas de entrenamiento y el compromiso de los aficionados a lo largo del tiempo.

En 2026, las marcas chinas dominan el Mundial. Sus tecnólogos gestionan el VAR. Sus capitales patrocinan al campeón del mundo. Un SUV de Dongfeng y Huawei circula en China con el rostro de Messi generada por inteligencia artificial. Pero cuando el árbitro sopla el silbato inicial, no hay un solo jugador chino en el campo.

El éxito comercial es real; el fracaso deportivo, también. Y la distancia entre ambos mide, con precisión inusual, la diferencia entre el poder que puede comprarse y el que solo puede cultivarse.

 

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