Con un acto sobrio pero cargado de simbolismo geopolítico, esta semana zarpó desde el puerto de Nansha —ubicado en la pujante metrópolis de Guangzhou— el primer buque que inaugura la flamante ruta marítima directa entre China y la costa oeste de Sudamérica. Se trata de un hito logístico y comercial que no solo acorta distancias, sino que profundiza una relación estratégica que Beijing cultiva hace décadas con la región latinoamericana.
El buque partió con 400 contenedores repletos de electrodomésticos, productos electrónicos y bienes manufacturados en la Gran Área de la Bahía de Guangdong-Hong Kong-Macao, una de las zonas más avanzadas y dinámicas de toda Asia. Su itinerario abarca puertos claves del Pacífico latinoamericano: Chancay (Perú), Manzanillo (México) y San Antonio (Chile). La nueva línea, denominada WSA3, está operada por una flota de 11 barcos con capacidad para más de 10.000 TEUs cada uno, lo que representa una respuesta concreta a la creciente demanda de intercambio bilateral.
Hasta ahora, buena parte de la mercadería entre China y Sudamérica debía realizar escalas intermedias, especialmente en puertos de Centroamérica o incluso del Caribe. La WSA3 acorta ese recorrido a apenas 23 días de navegación directa, lo que implica una reducción de más del 20 % en los costos logísticos. En un contexto global signado por la búsqueda de eficiencia y resiliencia en las cadenas de suministro, este corredor marítimo se convierte en una pieza clave del tablero estratégico chino.
Pero hay más en juego. El Puerto de Chancay, cuya operación está a cargo de la estatal china COSCO Shipping Ports Limited, se posiciona como el epicentro logístico del nuevo orden comercial sino-latinoamericano. Concebido como el primer puerto inteligente y ecológico de Sudamérica, Chancay es también el símbolo del desembarco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta en la región, un megaproyecto global con el que Beijing intenta rediseñar las rutas comerciales del siglo XXI.
Desde hace más de dos décadas, China ha desplegado una política de seducción económica con América Latina que hoy arroja números contundentes: el comercio bilateral pasó de 12.000 millones de dólares en el año 2000 a cerca de 500.000 millones en 2024. No se trata solo de cifras, sino de una relación cada vez más interdependiente.
Mientras el gigante asiático encuentra en la región una fuente vital de materias primas (litio, cobre, soja, carne), los países latinoamericanos ven en China un mercado gigantesco, ávido de productos frescos y con una clase media que demanda calidad y diversidad.
Por eso, la otra cara de esta nueva ruta marítima es la exportación. Gracias a las instalaciones frigoríficas de última generación en Nansha —apodadas “el refrigerador más grande de Asia”— productos como salmón chileno, cerezas peruanas, mariscos y uvas podrán llegar con mayor rapidez y frescura al paladar chino. El ciclo se cierra con eficiencia y beneficio mutuo.
Lo que China está haciendo no es solo comercio: es diplomacia marítima, un modelo de inserción global en el que las rutas navieras, los puertos y la infraestructura son herramientas de influencia. América Latina, especialmente la costa del Pacífico, ya no es un rincón periférico: es un socio estratégico al que Beijing mima con inversiones, acuerdos y una visión de largo plazo que contrasta con los vaivenes geopolíticos de otras potencias.
Con cada contenedor que cruce el océano, no solo se transportan productos. También viajan los signos de un nuevo orden global en el que el eje Pacífico une a China con Sudamérica, no como extremos de un mundo lejano, sino como socios cada vez más cercanos.

