Elon Musk lo publicó en mandarín: «我的儿子正在学习普通话». Mi hijo está aprendiendo mandarín». El posteo no pasó desapercibido, pero Musk no es el único. Los nietos de Donald Trump, los hijos de Jeff Bezos y los hijos de Mark Zuckerberg (quien también lo habla) también estudian el idioma oficial de China. El príncipe George, heredero de la corona británica, habría aprendido algunas nociones de mandarín en la escuela primaria.
El fenómeno no es casualidad ni moda: es cálculo.
Interés propio, no idealismo
Kerry Brown, profesor de estudios chinos y director del Instituto Lau China en el King’s College de Londres, lo formula sin rodeos: con China como segunda economía del mundo, los poderosos tienen razones prácticas evidentes para aprender el idioma.
«Es simplemente interés propio y el reconocimiento de que China será un socio tecnológico y económico de enorme peso en el futuro», señaló. «Si te interesa el mundo de los negocios, aunque seas escéptico o no seas particularmente amigable con China, tiene sentido aprender chino».
我的儿子正在学习普通话
— Elon Musk (@elonmusk) May 14, 2026
Brown también destaca la dimensión diplomática. Cuando la nieta de Trump, Arabella Kushner, cantó en mandarín frente a Xi Jinping durante la visita de Estado del presidente chino a Estados Unidos en 2017 —y se convirtió en sensación en Weibo— el académico lo calificó de buena diplomacia. El idioma como gesto de poder blando.
El fenómeno no se limita a Occidente. Vladimir Putin declaró durante su reciente visita a Beijing que más de 100.000 rusos estudian chino, y que 20.000 lo hacen directamente en China. El secretario de prensa del Kremlin, Dmitry Peskov, reconoció que su hija habla chino antes que ruso, gracias a su niñera.
El abismo en el mundo académico occidental
Pese al interés de las élites, la situación en las universidades occidentales va en sentido contrario. En Australia, una investigación de la Academia Australiana de Humanidades reveló que solo siete de las catorce universidades con programas de estudios sobre China ofrecen carreras de licenciatura en estudios chinos con componente lingüístico.
Entre 2017 y 2021, el promedio de graduados anuales en esa especialidad no superó los cinco. El presidente del comité parlamentario de educación, el laborista Tim Watts, advirtió el año pasado que las inscripciones en lenguas del sudeste asiático en universidades australianas cayeron un 75% entre 2004 y 2022.
El gobierno australiano anunció el mes pasado una inversión de 2,5 millones de dólares para impulsar el aprendizaje de idiomas asiáticos en nueve organizaciones de Victoria, el Territorio de la Capital Australiana y Nueva Gales del Sur, dentro de un programa de 25 millones destinado a estudiantes de secundaria.
El mandarín en América Latina: presencia creciente, profundidad escasa
En América Latina, el interés por el mandarín creció de la mano de la expansión económica china en la región, pero sigue siendo marginal en términos de masa crítica. Los Institutos Confucio —presentes en Argentina, Brasil, México, Chile, Colombia, Perú, Ecuador, Venezuela y Cuba, entre otros— constituyen el principal canal de acceso al idioma, con una red de más de 40 sedes que combinan enseñanza del mandarín con promoción cultural. Universidades como la UBA, la UNAM, la USP o la Universidad de Chile ofrecen cursos o carreras con componente chino, pero los programas de posgrado con nivel lingüístico avanzado son escasos y los graduados con mandarín funcional para negocios o diplomacia siguen siendo una rareza.
El perfil del estudiante latinoamericano de chino es mayoritariamente instrumental: comercio, logística, turismo o relaciones bilaterales con Beijing, impulsado por el peso de China como primer o segundo socio comercial de la mayoría de los países de la región.
Sin embargo, a diferencia del caso australiano o europeo, América Latina carece de políticas públicas sistemáticas de financiamiento para el estudio de idiomas asiáticos, lo que deja el desarrollo de esa capacidad casi exclusivamente en manos de la iniciativa privada y de la cooperación directa con instituciones chinas —lo que plantea, a su vez, preguntas sobre autonomía académica y agenda en los contenidos.

Lo que la IA no puede reemplazar
Volviendo a Australia, Ning Zhang, docente de estudios chinos en la Universidad de Adelaida, advierte en un artículo de ABC News que la creciente dependencia de la inteligencia artificial para la traducción no es sustituto del aprendizaje genuino del idioma. «La cultura china se basa fundamentalmente en las relaciones y las conexiones. La IA es una máquina fría. A veces no se trata de una expresión verbal, sino de una transferencia de mensaje verbal. Por eso el aprendizaje del idioma es tan importante cara a cara, de humano a humano, y también mediante la inmersión en China o en comunidades de habla china como Hong Kong, Taiwán y Singapur».
Elijah Barrott-Walsh, estudiante de ingeniería biomédica y estudios chinos en la Universidad de Adelaida, coincide: «El idioma es inseparable de la cultura, la historia y la tradición. Es un menguaje tan idiomático. Se pierde tanto significado al pasar del chino al inglés».
Para Kirsty Duff, que creció hablando chino en casa y estudia la carrera de relaciones internacionales en Adelaida, señala una brecha que considera estratégica: «En China, todos los hijos de personas en posiciones altas estudian inglés. Es una materia crítica. Pero aquí no tenemos esa exigencia con los idiomas». En LinkedIn, precisó, ya ha recibido contactos profesionales específicamente por su manejo del mandarín.
Un idioma como apuesta de época
El mandarín se está convirtiendo, silenciosamente, en el «nuevo inglés» de las élites globales. No en términos de universalidad, sino de señal: quienes lo aprenden están apostando a un mundo donde China no es una variable periférica sino un eje central de la economía, la tecnología y la diplomacia.
Que esa apuesta la encabecen los hijos de Musk, Bezos y Zuckerberg —los arquitectos del capitalismo digital occidental— dice más sobre el reordenamiento del poder global que cualquier índice macroeconómico.

